Interiores de Eva Hesse

En la galería central del cuarto piso del Centro Pompidou de París, que alberga la colección permanente de arte contemporáneo (1965-2018) del Museé National d’Art Moderne, se expone la última obra que realizó Eva Hesse (1936-1970)Sin título (1970).  

Siete figuras (¿o siete pies?) colgadas del techo reposan sobre una tarima blanca. En realidad, no deberían estar elevadas sino disponerse, apoyándose, en el mismo suelo que nosotros, espectadores, como se muestra en la foto de la colección online del mismo museo. Su sombra debería confundirse, así, con la nuestra al caminar en derredor.   

Compuestas de fibra de vidrio sobre polietileno sobre alambre de aluminio, su forma orgánica pareciera que se confrontara con su propia materialidad, desborda su densidad, extendiéndose, a modo de proyecciones a través de las sombras. Ninguna de ellas está enfrentada a otra, se dirigen en todas direcciones y a ninguna a la vez -formas aisladas y formas similares repetidas, fijas y no, duras y suaves.

Prefiguran algo que Hesse decía sobre su propia obra: que le recordaba a los personajes que aparecen en En attendant Godot de Beckett “donde lo principal es la espera. Esas personas están ahí y no hacen nada y sin embargo singuen viviendo. Siguen esperando y empujando y lo siguen diciendo y no hacen nada.” Las líneas se conforman en su imperfección -abolladas, torcidas- creando un movimiento obsesivo que las connecta como un enredo. 

Seis años después de la muerte de Eva Hesse, Lucy Lippard (1937), reconocida crítica de arte, curadora y activista, escribió, a partir de la amistad que la unía con la artista, un ensayo dedicado por entero a su trayectoria artística y al análisis de su obra. Su conclusión empieza: “Es una característica curiosa de muchas obras de Hesse, que una vez que te llegan quedas atrapado entre emociones”.

 

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