LA CULTURA DEL BAILE

La cultura del baile: hacer el amor en abstracto


El rápido desarrollo tecnológico de la era industrial aportó una serie de instrumentos que necesitaron del paso del tiempo para ser asimilados culturalmente.

La microtecnología electrónica y química desarrollada en los laboratorios de principios del siglo XX halla, desde los años sesenta un nuevo uso de la mano de la arquitectura.

La fachada, la puerta o la escalera, tradicionalmente elementos fundamentales en la construcción de la experiencia espacial, son desplazadas por una serie de nuevas tecnologías lumínicas, sonoras y psicotrópicas. La luz artificial – estroboscópica, laser, de neón-, la música –producida, reproducida y amplificada electrónicamente- y las sustancias psicoactivas que exaltaban la percepción confluyen para definir la arquitectura del baile.

Sin embargo el filósofo y semiólogo francés Roland Barthes, después de visitar la popular discoteca Le palace en 1978, escribió: “Lo notable no es la proeza técnica (aunque aún es rara en Paris), sino la aparición de un nuevo arte”. Estos nuevos instrumentos edifican un espacio público altamente sensual. La experiencia del baile se asimila a un orgasmo. Normalmente múltiple, se repetía cíclicamente con las grandes subidas músico-lumínicas que se sucedían durante la noche. Acariciados por las luces y la música, exaltados con la química, el baile era como hacer el amor en abstracto.

Tal como había pedido Marcuse en su libro Eros y Civilización (1955), el aparato de la cultura de baile desplazaba el placer desde los genitales hacia el resto del cuerpo. No era una erótica carnal, sino una erótica sintectica y colectiva que ampliaba patrones afectivos. Era un dispositivo espacial que re erotizaba al individuo para atribuirle nuevas disposiciones políticas y sociales.

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