Dulce-Tormento

Dulce Tormento


Venimos de la eternidad e ingresamos en el tiempo. Eso significa, en clave erótica, la progresiva entrega de nuestras muchas virginidades, hasta alcanzar la música azul de las esferas en toda la vertical de sus colores.

Es la travesía de un desierto (yo imagino el Salitral de Jujuy, la Puna de Atacama), dejando caer vestiduras y máscaras, hasta que el sol besa la piel desnuda en un reverberar de sal y arena, de sudor y lágrimas.

Y aún así queda un delgado velo. No se ha alcanzado, todavía, el tiempo originario de la primera sangre (el tiempo nace de una herida del porvenir en el pasado).

Falta aún el yunque del deseo, ese encuentro que san Juan de la Cruz cantó de manera inolvidable:

“¡Oh llama de amor viva

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!

Pues ya no eres esquiva

acaba ya si quieres,

¡rompe la tela de este dulce encuentro!”

Desde esta perspectiva, casi siempre seguimos siendo vírgenes. Sin embargo, a veces, muy pocas, nos es concedida la gracia de ofrecer el himen del alma al ser amado, de alcanzar —con dolor, con goce, con vergüenza— la desnudez total de la impureza: En el altar del cuerpo el alma sangra.

Ha comenzado el dulce tormento, el verdadero viaje.

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