niveles analisis

3 niveles de análisis


Tenemos en un primer nivel el del sujeto, aquí se propone algo que es precisamente lo contrario de lo que se propone el yo-analista, pues una análisis no se encuentra dirigido a la construcción de un yo fuerte  sino a la deconstrucción de las identificaciones imaginarias y alienantes a través de las cuales el yo del paciente se ha erigido. Hay en esto una implicancia clínica: no es lo mismo una psicoterapia en donde se engorda el Yo del paciente (propio de las tendencias del Norte) que encarar un psicoanálisis, donde el cuerpo (recostado en una metáfora plena de sexualidad) “hablará” de su padecimiento. Hacer un psicoanálisis no es ir a tomar un té con la tía que nos dé consejos de cómo “conducirse” en la vida.

En el segundo nivel, el del falo, un análisis le otorga un peso especial a la pregunta fundamental del género, “¿Qué significa para mi ser masculino, femenino, ambos o ninguno?”. No es el objetivo del analista hacer que un hombre sea más masculino y una mujer más femenina, sino permitirle al paciente encontrar de qué modo, por ejemplo establece su feminidad –sobre la base de qué tipo de identificaciones- y que significa esta feminidad.

En el tercer nivel, y este es a la vez el más importante y el más difícil, se supone que el paciente lucha con su fantasía y su placer. Este es probablemente el nivel más difícil, por dos razones, en primer lugar, la fantasía y el placer son extremadamente difíciles de expresar en palabras. De hecho quizás sea estrictamente imposible hacerlo, debido a que la fantasía y el placer no poseen contenidos simbólicos estrictos. Su naturaleza es principalmente imaginaria en lo que se refiere a la fantasía y real en lo que se refiere a placer. En segundo lugar, poner la fantasía y el placer bajo el poder de las palabras, implica que se está obligado a dejar algunas partes atrás, lo que supone otra pérdida.

El dolor que el sujeto trae es un dolor corporal: está instalado en el cuerpo. Sesión tras sesión, encuentra un espacio de sonoridad subjetivo, único, que lo atraviesa y lo re-significa. Su síntoma no es únicamente para catalogarlo o buscarlo en un manual clasificatorio. Es para ser escuchado. Sólo se le pide una cosa: que hable.

El Cuerpo, gran reserva de goce y de saber, hace suyo el discurso de lo inconsciente: cabe a la clínica psicoanalítica interpretar los mensajes del cuerpo. Un cuerpo atravesado de palabras. Y, hay que decirlo, en el trabajo con los pacientes debemos tener opciones. Tampoco se trata de recostar a un sujeto y anclarse a una teoría que el mismo Freud subvirtió.

Acaso encontremos algunos analistas que usan las herramientas del dispositivo (el diván, el corte de sesión) como meras defensas propias; serían incapaz, por ejemplo, de volver a poner cara a cara a un paciente: bueno sería que sepamos intervenir desde múltiples registros. Tenemos la obligación ética de ser amplios; debemos no caer en fundamentalismos: lo contrario sería mera religiosidad. No caer en ese pozo oscuro es un modo de ser sensible con el ser que está sufriendo; de saberlo autónomo y responsable; esto es, sujeto y no objeto.

 

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